Proteger lo que amamos

Soy afortunada, vivo en un lugar maravilloso, el Delta del Ebro. Con playas increíbles y montañas fantásticas a un tiro de piedra. La “quinta provincia catalana” lo llaman con un carácter propio y único. Además soy natural del Matarraña, qué decir sobre él que no se haya dicho ya, yo siempre lo defino como mi paraíso particular, pero es que realmente es un sitio donde quien allí viaja nunca lo olvida y donde es fácil acabar como yo, absolutamente enamorada de él.

Hasta hace un tiempo ambos eran poco conocidos. Pero ahora se han convertido en sitios de moda.

La pandemia y con ella, la limitación y las dificultades para viajar a otros lugares lejanos han favorecido el turismo de proximidad. Y muchos viajeros de grandes ciudades han apostado por este “turismo slow”, donde se prima la tranquilidad y el contacto con la naturaleza, pero que con su sobreexplotación se logra justo el efecto contrario, la masificación y la afectación de las zonas sobrexpuestas.

Y en medio de este “boom” del turismo tan beneficioso para la economía local aparece la necesidad imperiosa de proteger aquello que amamos. Las playas infinitas, las pozas de agua transparente, los pinares abundantes, las callejuelas estrechas de piedra, cada rincón mágico e “instagrameable” debe ser protegido porque el paso inexorable de la huella humana lo deteriora y lo va matando. Nos gusta, lo amamos, pero lo dañamos. Es así.

Curiosa relación de amor, no?

Una manera de conservar al máximo estos tesoros es regular los accessos a los espacios para intentar frenar la acción humana sobre nuestros amados paisajes. La polémica está servida al respecto dado que estas medidas nos impiden disfrutarlos del mismo modo que hemos estado haciendo toda nuestra vida. Yo soy la primera que este verano no he podido ni pisar mi poza favorita. Lo he ido viendo desde hace un tiempo en el Matarraña y ahora también sucede en el Delta del Ebro. Pero es que esta acción humana también se hace notar en los efectos devastadores del cambio climático, un cambio que se ha cebado y fuerte últimamente en ambos lugares y que precisamente justo hace pocos días tuvo otra demostración flagrante con las inundaciones vividas en la zona sur del Delta del Ebro.

Inundaciones terribles y desesperanzadoras para quienes vivimos o amamos este lugar.

Proteger lo que amamos, no nos queda otra, pero los científicos nos avisan que ya vamos tarde, muy tarde. Y aunque sea así debemos concienciarnos nuestro planeta nos avisa y no deja de hacerlo para que le escuchemos. Así que no cedamos en el empeño de poner nuestro granito de arena a la causa. Nuestras acciones son sin duda lo único que puede salvar lo que más queremos, nuestros hogares y el mundo que queremos legar a nuestras futuras generaciones.


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