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Corrupción política
El mapa de la corrupción en nuestro país es inquietante. Es obvio que la codicia humana no entiende de colores ni de siglas de partido. La raíz del problema es de índole moral y requiere una regeneración, no sólo de la clase dirigente sino del conjunto de la sociedad. Una sociedad articulada, viva y exigente, unos medios independientes, y unos dirigentes con más alto vuelo cultural y moral, son piezas esenciales para que esta situación cambie de una vez por todas en nuestra democracia.
La cascada de casos de corrupción que se encuentran en vía judicial es uno de los elementos que minan con más fuerza la confianza en nuestro sistema político. La mayoría de estos casos son especialmente preocupantes ya que no nos revelan casos puntuales sino verdaderas estructuras incrustadas en partidos políticos de ideología diversa.
Los partidos políticos implicados lejos de responder con la contundencia esperada ante alguien que ha traicionado la confianza de sus electores, en demasiadas ocasiones reaccionan de forma permisiva, dispuestos a sacrificar a uno de los suyos tan sólo cuando su imagen pública lo hace estrictamente imprescindible.
La razón de esta pasividad es muy clara, y además es doble: los principales focos de corrupción de la vida pública, los partidos tradicionales, no están dispuestos a asumir ningún riesgo que amenace su control de las instituciones, pero además tampoco harán nada mientras millones de ciudadanos les voten a pesar de su clara complicidad en el mantenimiento de un sistema que no sólo tolera la corrupción, sino que la fomenta.
Lamentar la corrupción pero limitarse a combatirla apelando a la moralidad de las personas es similar a luchar contra la sequía sacando los santos de procesión.
Los ciudadanos somos los responsables de consentir estas actitudes si no somos críticos y exigentes a la hora de depositar nuestro voto.



