El movimiento de mayo del 68 acuñó el eslogan “prohibido prohibir”. Medio siglo después, los nietos de aquellos estudiantes y obreros –quizá siguiendo la norma de llevar la contraria a sus progenitores- se han lanzado con vehemencia e incansable tesón a la vorágine de prohibir. Bajo la consigna de no herir sensibilidades, se nos está imponiendo la dictadura de lo políticamente correcto que, como toda dictadura, coarta las libertades, principalmente la de expresión. Esto nos lleva a autocensurarnos, que es la peor de las censuras posibles. Hoy día, no se pueden contar ciertos chistes –antes inocentes- a riesgo de ser tachado de homófobo, machista, islamófobo, racista y un largo etcétera.
Pero aquí existe un doble rasero de medir. Según contra quien se dirija, una misma diatriba puede ser libertad de expresión o incitación al odio.
La nueva dogmática, determinada por una minoría, se incrusta entre la masa gregaria, manipulada para que obedezca y no se insubordine. Quien no comulga con su credo es tildado de fascista, descalificación recurrente que sirve para todo. Bajo el disfraz de progresismo, los viejos totalitarismos se van abriendo paso y minando las mentes con sus progresivas restricciones que pretenden controlar de manera subrepticia nuestras vidas. Esta moderna inquisición, como la antigua, acepta las acusaciones anónimas. Se ha cambiado el relato de ciertos cuentos infantiles con los que habíamos crecido las generaciones anteriores sin suponernos ningún trauma ni conflicto interno para hacerlos políticamente correctos. Se censuran canciones, cantantes y se proscriben palabras que son reemplazadas por eufemismos, a veces estultos.
La alcaldesa de Barcelona ha prohibido a los funcionarios y a las empresas, si desean acceder a una contratación municipal, utilizar los términos “inmigrante”, “terrorismo islámico”, “negro”, “moro”, “abuelo”, etc.
Llamar “gitano” o decir “comprar en el chino” lo considera un insulto y ha propuesto una serie de expresiones sustitutivas. Como abra un libro de literatura, es capaz de vetar la mitad de las obras, tanto clásicas como modernas. Habrá que cambiar el romance de “Abenámar, Abenámar, / moro de la morería…”, los “Angelitos negros”, de Machín o el “Duerme, duerme, negrito” del cantautor chileno Víctor Jara. Como decía Napoleón, “de lo sublime a lo ridículo, no hay más que un paso”.






